A fines de 1839 la fragata L’Orientale partió del puerto de Nantes cargada de jóvenes franceses y belgas para hacer un viaje de estudios alrededor del mundo. Unos meses antes, Dominique Arago, principal funcionario de la Academia de Ciencias de Francia, había adquirido a cambio de una pensión vitalicia para Daguerre y Niepce, los derechos de uso público de un dispositivo técnico que permitía plasmar imágenes sobre una placa de metal. Lo llamaron “daguerrotipo”. Tener un daguerrotipo era furor en Paris!!!

De ese viaje, que incluyó un sinnúmero de puertos, participaba el abate Louis Compte. Él llevaba un dispositivo para capturar imágenes y había sido instruido por el propio Daguerre. Su objetivo, inicialmente, era retratar a los jóvenes tripulantes. Pero difundió el sistema por lugares alejados de la principal capital del mundo. Cuando tocaban puerto, el abate promocionaba los retratos, y su presencia entusiasmaba a las sociedades locales. En 1840 el daguerrotipo se encontraba en Montevideo. Sin embargo, a pesar de encontrarse tan cerca, este dispositivo tuvo que esperar más de diez años para poder ingresar a Buenos Aires. Por entonces, el gobierno de Juan Manuel de Rosas estaba en guerra con Uruguay. Por esta razón el puerto de la ciudad se encontraba cerrado. Recién luego de finalizado el conflicto y concluido el gobierno de Rosas los curiosos y principalmente políticos y las damas de sociedad de la época pudieron verse retratados por este sistema que les devolvía una imagen que encontraban tan nítida como la de un espejo.

Daguerrotipos

Daguerrotipos

En el mundo, los daguerrotipos rápidamente fueron reemplazados por otras técnicas que sí permitían hacer copias. La invención de Daguerre solo posibilitaba generar una imagen, sin embargo en algunos países como Argentina y también EEUU su éxito se prolongó en el tiempo. Casi en el mismo momento que en Francia disfrutaban de la “daguerrotipomania”, un inglés llamado Talbot experimentaba en Gran Bretaña la posibilidad de usar el papel como soporte de las imágenes.

En 1888 George Eastman y su empresa Kodak sacó al mercado una cámara que usaba carretes de películas enrollables en lugar de placas. El rollo podía revelarse luego de las tomas. El lema de esta etapa fue “Usted aprieta un botón, el resto lo hacemos nosotros”.

A partir de todas estas novedades técnicas, la sociedad va apropiándose de la fotografía tanto de manera privada como profesional. Desde fines del Siglo XIX, muchos fotógrafos, que habían aprendido el oficio en sus países de origen, llegaron a la Argentina y abrieron sus estudios fotográficos. Allí se construía un “templo” donde se retrataba escenas de la vida inmigrante. . En los instantes congelados en imágenes era posible observar familias endomingadas, parientes anunciando casamientos o duelos para los que estaban lejos. También es posible observar amistades de trabajo o de la misma comunidad de origen reunidas en diferentes actividades.

Los fotógrafos también hacían álbumes para empresas y muchos trabajaban por encargo en dependencias del estado.

Para la gran cantidad de familias inmigrantes que poblaron el país tomarse una foto para enviarla al otro lado del océano tenía una significación simbólica muy importante. Quizás por eso cuando entramos al Museo Berisso 1871 hay tantas fotografías.

En 1927 en la calle Nueva York y Valparaíso, Jacobo Berman inaguraba la casa de fotografía La Moderna. Él debió haber llegado al puerto de Buenos Aires con un dispositivo fotográfico similar a este. Sabía que en Berisso había una comunidad inmigrante importante para desarrollar su oficio y mayores posibilidades de comunicarse hasta que aprendiera el idioma.

Berman no solo fotografiaba a los obreros y obreras de los frigoríficos Swift y Armour, especialmente polacos y rusos, sino que intentaba promover la práctica domestica de la fotografía.

Don Jacobo quería expandir su negocio como fotógrafo incorporando el consumo privado de la fotografía. Vendía cámaras y rollos para uso familiar y ofrecía de forma gratuita el trabajo de revelado. Y en su estudio tuvo una de esas enormes cámaras que se pueden ver en el museo al igual que estos aparatos con fuelle.

Fue así que berissenses inquietos, curiosos o con mejores ingresos adquirieron estas máquinas pequeñas, manuales y livianas para retratar a la familia, los cumpleaños y la vida privada en general. Y también estaban los fotógrafos callejeros que se instalaban en parques o espacios de entretenimiento, los días domingos o a la salida de la fábrica los días de cobro.

La circulación de imágenes era grande, la fotografía era un elemento que se deseaba, permitía repetir el ritual de mirar y volver a mirar, de descubrir y de conservar aquello que se quiere volver imborrable.

La Moderna fue uno de los negocios fotográficos más conocidos en Berisso, pero no fue el único. También existió la Casa Kika sobre la calle Montevideo y Foto Conar sobre Nueva York.

El Museo 1891 tiene un fondo fotográfico invaluable y muchas de las casas de Berisso aún guardan, quizás sin advertirlo, esas joyas familiares donde estaba la abuela o la bisabuela, esa tía cuyo nombre nadie recuerda pero que está de algún modo presente en las imágenes familiares.

Jacobo Berman posiblemente no supiera que su trabajo creaba memoria y nosotros no nos imaginábamos que la selfie sería la forma más popular de tomar una instantánea de nuestra vida.

 

***

Idea y realización
Mirta Zaida Lobato| Universidad de Buenos Aires
Textos
Ana Lía Rey| Universidad de Buenos Aires
Fotografías
Guadalupe Rodríguez Rey
Con el apoyo de
Ministerio de Cultura de la Nación, Dirección Nacional de Innovación Cultural, CONCURSO NACIONAL DE INNOVACION CULTURAL, 2016.

Related Projects
El Mishná